Lo que reconocemos

Una historia sobre arquitectura, memoria y percepción

La arquitectura que no vemos

Lo que se explica solo

El lugar estaba poblado de plantas que colgaban, trepaban y envolvían un camino. La presencia vegetal desbordaba el entorno. Era como si un público encendido recibiera a unas celebridades a punto de salir a un escenario. Pero tenían un sonido muy diferente al de las multitudes humanas. En su lugar se escuchaban murmullos de agua y canto de aves que sumergían en lo natural. Por entre las copas de los árboles se filtraban rayos de luz que asemejaban una lluvia solar. El camino a través de este lugar estaba cubierto por una alfombra de madera triturada que al pisar generaba una agradable sensación táctil.  Un grupo reducido de visitantes avanzaba por el sendero. No caminaban de manera distraída, sino absolutamente absortos. Lo observaban todo. Más que observar, parecían sentir el espacio con todo el cuerpo.

Y, aunque yo también disfrutaba del lugar, me llamó poderosamente la atención su reacción. El jardín los atrapaba de una manera muy especial: no se limitaban a caminarlo, sino que se detenían a cada paso para celebrar su belleza en voz alta. Y, fiel a la costumbre de estos tiempos, las cámaras no paraban de disparar para inmortalizar el momento en las redes sociales.

Lo que se explica solo

La mediación

Aquel jardín se explicaba a sí mismo a través de los sentidos, en él lo natural era la atracción. En contraste con esta experiencia en otro momento visité un edificio muy celebrado. Un guía, a través de sus palabras, nos revelaba sus capas ocultas. Sus relatos atrapaban completamente nuestra atención. Era una de esas personas que tienen la habilidad para transmitir lo que hay detrás de las cosas. Y que hacen perceptible, e incluso hermoso, lo que antes había pasado desapercibido.

El recorrido inició antes de que pudiéramos detenernos a observar el recinto. El guía se detuvo frente al plano de orientación dispuesto en el vestíbulo. En él señaló con el dedo unas habitaciones que parecían estar fuera de lugar. El desconcierto aumentó cuando describió el camino que debíamos seguir para llegar a ellas. Al mirar las caras extrañadas sonrió. Nos dejó observar el plano unos instantes, hasta que alguien admitió que no entendía el recorrido. Solo entonces comprendimos que el acomodo de los espacios rompía con la disposición habitual. Y aunque aún nos faltaba experimentarlo, la idea nos sorprendió.

Nos adentramos por el inmueble. Flanqueamos unos muros altos y sin interrupciones, que hacían difícil adivinar dónde terminaba una habitación y comenzaba la siguiente. Alguien comentó que el vestíbulo parecía no tener fin, lo que detuvo al grupo. Al mirar atrás entendimos lo que había pasado: nos encontrábamos en un espacio completamente diferente sin haber cruzado una sola puerta. Nadie había advertido cómo los espacios se fundían entre sí. Solo después de escuchar la explicación del guía brotaron expresiones de sorpresa.

Poco después nos condujo a unos balcones que, en lugar de mirar al paisaje, se abrían hacia el corazón mismo del edificio. Paradójicamente las salas de donde provenían flotaban en el exterior. Era como si las categorías tradicionales que dividen a un espacio interior de uno exterior se hubieran desdibujado. Para algunos aquello era un sinsentido. Otros volteaban intentando entender su lógica. Poco a poco las expresiones de desconcierto dieron paso a una curiosidad difícil de ocultar.

El grupo siguió el recorrido sin que nadie se detuviera demasiado en ningún lugar. Era el guía quien decidía cuándo valía la pena hacerlo. En un punto nos desviamos de la ruta usual. Llegamos a un sitio desde donde las vigas y los apoyos quedaban completamente expuestos, como si el edificio hubiera dejado ver su esqueleto. Nadie parecía encontrar un sentido a estar ahí hasta que el guía nos contó una historia extraordinaria: las peripecias que arquitectos e ingenieros tuvieron que afrontar para conseguir que el edificio se sostuviera. El resultado fue que empujaron los límites de lo posible. Solo después de esa narrativa, las preguntas llovieron sobre él con un interés genuino.

El recorrido terminó en una explanada exterior.  Desde este punto, por primera vez, el edificio aparecía completo frente a nosotros. Algunos, con cansancio aparente, estaban a punto de irse; pero antes de que eso sucediera, el guía nos reveló algo más: el sofisticado juego geométrico de la fachada. Cada figura parecía estar contenida dentro de otra. Sin su voz, aquel artificio visual habría pasado como una fachada más. Al final, como en el jardín, decenas de fotos inmortalizaron el momento.

Mientras abandonábamos el edificio no conseguía quitarme una idea de la cabeza.  No tenía dudas de que estaba frente a una obra extraordinaria. Había detrás un enorme esfuerzo, decisiones técnicas de una complejidad evidente y, por supuesto, una inversión millonaria. Pero me asaltó una duda: Sin la mediación constante de un guía, ¿alguien habría visto la genialidad detrás de esos muros? ¿Qué marcaba tanta diferencia frente a aquel jardín?

La mediación

Lo que perseguimos

Al día siguiente, mientras revisaba algunos planos, volví a pensar en la visita al edificio. Poco a poco apareció una escena que había vivido otras veces. Recordé otros edificios que los arquitectos admiramos y, con ellos, la misma imagen: mientras yo permanecía absorto intentando entenderlos, los demás solo buscaban la salida o consultaban el teléfono. La escena se había repetido tantas veces que empecé a preguntarme si aquella admiración era realmente tan espontánea como suponíamos.

Entonces pensé en cómo aprendemos a reconocer ciertos edificios como referentes. Desde la escuela los encontramos en libros y revistas, los estudiamos en clase, escuchamos interpretaciones de maestros y críticos y volvemos a encontrarlos una y otra vez como ejemplos de buena arquitectura. Sin darnos cuenta, aprendemos también qué debemos mirar y qué debemos admirar.

Mientras observaba los planos de una escalera de madera, pensé en los edificios antiguos. Reparé en que aquella experiencia no sucedía con todos los edificios. Frente a las catedrales, los templos antiguos o los palacios exuberantes la escena suele ser otra: ahí la emoción parece colectiva y espontánea. No hace falta que alguien nos explique por qué estamos frente a algo extraordinario.

La pregunta comenzó a tomar forma mientras tomaba mi taza de café: ¿aquello que los arquitectos hemos perseguido durante, por lo menos, los últimos cien años realmente conmueve a alguien fuera de nuestro gremio? ¿Acaso un edificio no debería conmovernos antes de explicarse?

Lo que perseguimos

Antes de nosotros

Hace algún tiempo salí a caminar. La calle era como muchas otras en infinidad de ciudades: banquetas, edificios de concreto, calles de asfalto y gente apurada por llegar a su destino. Llevaba tiempo masticando una idea que tenía mucho que ver con aquel entorno: estos espacios citadinos, a los que estamos tan habituados, a veces nos resultan completamente ajenos. Al pasar frente a un sobreviviente edificio antiguo de piedra y madera, me vino a la mente una pregunta: ¿cuánto tiempo, como humanidad, llevamos viviendo en estos ambientes urbanos de concreto, vidrio y acero? Si los datos que tenía en la memoria no me fallaban, la transformación inició hace apenas 170 años. Después de responderme, me detuve. Tres segundos después di un paso adelante. Me detuve nuevamente. Eso irritó a los transeúntes que, apurados, tenían que rodearme. Sin preocuparme mucho pensé: si este paso representa el tiempo en que nuestra especie ha vivido en entornos modernos, ¿cuántos pasos dio antes? Responder a esta segunda pregunta me tomó más tiempo. Forcé mi memoria, hice un cálculo mental, y en voz alta exclamé: ¡1765 pasos!

Antes de nosotros

Una casa en el mundo

Sin importarme los codazos que iba a recibir, decidí dar unos pasos hacia atrás. Quería ver cuánto eran 1765 pasos. Al hacerlo pasó algo extraordinario: una especie de aceleración del tiempo, al cual veía deslizarse a mis costados. El vértigo me sacudió y, al cumplir el quinto paso, me detuve de golpe; pero el asfalto y el ruido de la ciudad ya se habían disuelto, cediendo el paso a un sitio por completo ajeno. En ese momento no lo supe, pero había sido transportado  850 años hacia el pasado.

Poco a poco el susto desapareció y la curiosidad emergió. Al observar el sitio descubrí a poca distancia una pequeña aldea. Me dirigí a ella, y,  mientras me acercaba, calculé que tendría entre 30 y 40 casas. Al entrar a la aldea alcancé a distinguir muy pocas personas. Era medio día y la gran mayoría de la población estaba ocupada en alguna actividad agrícola fuera de la aldea. Decidí entrar a una casa de las afueras que parecía estar vacía. La puerta de entrada me llevó a un patio. Al borde del patio se encontraba lo que parecía ser la única habitación cerrada de la casa. En el patio encontré varios utensilios, herramientas de trabajo y un horno de pan. Pero lo que más me llamó la atención fue que la naturaleza parecía filtrarse a este mundo privado. Había hortalizas, plantas medicinales y otras comestibles, algunas de las cuales crecían junto a los muros. Un grupo de higueras parecía tener una ubicación privilegiada, y proyectaban una agradable sombra que cubría el espacio. El patio era habitado por ovejas, cabras, gallinas e incluso un grupo de abejas aglutinadas en torno a una colmena.

Justo en ese momento, una mujer pasó muy cerca de la casa cargando agua. Después supe que venía desde un pozo a las afueras. Por temor a que me viera me metí a la habitación. Este espacio, un poco obscuro, solo dejaba pasar algunos rayos de sol a través de un par de ventanas semiabiertas. Al principio no pude distinguir nada, pero en cuanto mi vista se acostumbró observé el lugar. Colgando de las vigas del techo había racimos de ajos y cebollas y algunas hierbas para cocina. En un rincón se almacenaban haces de trigo. Sobre el suelo de tierra apisonada, amontonados en una esquina, había unos polluelos recién nacidos. No había muchos muebles: unas cuantas sillas, una mesa y algunas  esteras enrolladas. En ese momento vi pasar a un gato correteando a un ratón. Me asomé por la ventana que daba a la calle para ver si podía salir sin ser visto. Al confirmarlo salí rápidamente a través del patio.

Ya en la calle, decidí recorrer las pocas veredas de tierra que comunicaban y, a la vez, separaban las casas. Frente a una casa vi unos perros durmiendo bajo un alero. Unas casas más adelante me topé con un niño arreando un grupo de cabras. Hacia el límite opuesto del poblado, un anciano se concentraba en la talla de lo que parecía una herramienta de madera. Las veredas eran más una extensión de la vida silvestre que lo que ahora nos viene a la mente cuando pensamos en calle. Las hierbas crecían libremente en los bordes y bajo los árboles que acompañaban las veredas. En un momento un grupo bastante numeroso de aves salió volando desde un árbol grande y empezó a dar vueltas sobre la aldea. Cuando se alejaron pude notar algo en lo que no había reparado. La aldea era muy silenciosa. Escuchaba el zumbido de insectos, el crujir de hojas, el sonido de algún animal doméstico, y, a lo lejos, el murmullo de una corriente de agua. Después de caminarla por un tiempo comprendí que la aldea se diluía en el paisaje que la rodeaba.

Una casa en el mundo

Cuando desapareció el mundo

Después de caminar la aldea pensé que lo mejor era buscar cómo regresar; sin embargo, la curiosidad por conocer más de los pobladores me hizo cambiar de opinión. Decidí esperar el retorno de quienes habían estado fuera. Tal como lo había imaginado eso sucedió poco antes del atardecer. Como celebrando su llegada, vino la puesta del sol: un verdadero espectáculo visual. A la par que el horizonte empezaba a incendiarse, multitud de aves, acompañadas por otros animales, participaron en un concierto musical anunciando el fin del día. Pero lo que más me impresionó vino después.

Conforme el sol desaparecía la actividad se detenía. Una especie de toque de queda se iba apoderando del lugar. Poco a poco las conversaciones terminaron, los animales buscaron sus lugares y las personas se retiraron. A lo largo de esa transformación solo me dediqué a mirar,  tratando de asimilarla. Hacía apenas unos minutos podía distinguir las casas, los animales y a las personas que regresaban del campo. Ahora los mismos lugares, junto con los sonidos,  desaparecían en la oscuridad. Hasta que llegó el momento en que lo único que veía era un cielo atiborrado de estrellas. Nunca había tenido la sensación de que la bóveda celeste ocupara tanto espacio. Aquella noche no había luna. Justo minutos antes de no ver absolutamente nada, regresé de mi pasmo y encontré refugio en una de las casas.

Atravesar el umbral de este espacio doméstico fue como dejar atrás el territorio de lo desconocido. En su patio, el parpadeo del fuego trataba de ahuyentar, con poco éxito, la profundidad de la oscuridad. Solo se veían figuras que bailaban al ritmo del resplandor escarlata de la hoguera. Pasado un rato empecé a acostumbrarme a la penumbra. Al hacerlo, quise conocer mi entorno. En una repisa descubrí una pequeña lámpara de aceite. Permaneció apagada. La reunión en torno a la hoguera no duró mucho. Poco después apagaron el fuego pronunciando aún más la oscuridad y el silencio. En completa oscuridad penetramos la única habitación con el objetivo de dormir. Acostado pensé que, con el cansancio, el sueño no tardaría en llegar. Pero no fue así. La densidad de la oscuridad no me dejaba relajarme. Me sorprendió descubrir que el silencio nocturno me permitía oír sonidos que parecían provenir de sitios muy lejanos. No sé cuánto tiempo permanecí despierto; pudieron haber sido horas, aunque la memoria se vuelve borrosa. Lo que recuerdo con claridad es el instante en que desperté: la actividad de mis anfitriones volvía a llenar el aire. Eso sucedió justo antes de que amaneciera.

Al salir al patio, pude ver cómo la luz lejana que empezaba a aparecer en el cielo regresaba poco a poco las formas a la tierra. Primero pude distinguir las siluetas de los árboles y de las casas. Después aparecieron los objetos del patio y, finalmente, los rostros de quienes ya comenzaban a moverse. El mundo cobraba nuevamente sentido. Conforme esto pasaba quise ver cómo era la habitación en la cual permanecí una noche. A través de  los postigos de la ventana se filtraban los primeros rayos del sol. Más que la propia habitación, lo que capturó mi atención fue lo que la luz solar, que parecía haber descubierto por primera vez, generaba en este pequeño espacio. Después de una sola noche en total oscuridad, aprecié del sol todo lo que trae consigo: vida, calor, y mil variaciones de tonalidad e intensidad. Eso es algo que, quizá, después de tanto tiempo habitando interiores, hemos olvidado.

Cuando desapareció el mundo

Para quedarse

Con la luz del día de vuelta, me dirigí hacia el punto donde había dado aquellos pasos. En el trayecto estuve pensando en aquella aldea, en sus pocos habitantes y en la casa donde había pasado la noche. Más tarde, investigando un poco, descubrí que su tamaño no tenía nada de especial. Durante varios siglos, prácticamente toda la humanidad vivió en localidades como aquella, e incluso menores. Después de haber vivido en aquella casa, me pregunté desde cuándo construíamos casas. Justo antes de iniciar el regreso a mi presente, nuevamente la curiosidad por conocer otras formas de vida me hizo cambiar de opinión. Esta vez quise llevar el viaje mucho más lejos. En ese momento ya conocía la mecánica de aquel desplazamiento, así que calculé 78 pasos hacia atrás para llegar a una época que imaginé muy lejana. Así lo hice y, nuevamente, me vi desplazado a otro tiempo. Según mis cálculos ahora estaba 14 000 años alejado de mi presente.

El lugar a donde llegué era un valle bastante fértil, tapizado de arbustos silvestres, pistachos y encinas dispersas bajo un cielo inmenso. Las laderas se extendían abiertas en todas direcciones. No había construcciones ni caminos; solo la vegetación que cubría el terreno y, entre ella, las formas irregulares de las piedras. Caminé un rato, afortunadamente no mucho, hasta encontrar lo que buscaba. Me situé en un sitio desde el cual podía ver sin ser visto. Un grupo de homo sapiens estaba construyendo dos estructuras. En una de ellas trabajaban en una excavación más o menos redonda. En la otra ya había piedras dispuestas alrededor de una excavación muy similar. En el centro habían hincado varios troncos en la tierra. Sobre ellos colocaban otros, más largos, cuyos extremos descansaban sobre las piedras del perímetro. Sobre aquellos troncos largos colocarían algo, tal vez ramas y fibras, para cubrir la vivienda. Por el momento batallaban en mantenerlos sujetos.

Durante un rato me limité a observarlos. No había nada extraordinario en la manera en que trabajaban. Excavar, colocar piedras, hincar troncos, apoyarlos unos sobre otros. Sin embargo, mientras los veía, aquellas estructuras empezaron a parecerme algo más que un refugio improvisado. Parecían concebidas para permanecer en el lugar. Según lo que sabía, aquello era extremadamente raro en ese tiempo. Hasta entonces, 14 000 años me habían parecido una distancia inconcebible. Pero mientras los veía trabajar comprendí que incluso ese viaje era apenas un fragmento de la historia de nuestra especie. Detrás de aquellas estructuras había cientos de miles de años de experimentación con el refugio y el espacio habitable: alrededor de 11 600 generaciones. Y entonces pensé en lo fácil que era mirar hacia atrás y creer que aquello tenía que suceder. Como si, tarde o temprano, nuestra especie hubiera estado destinada a llegar hasta ahí. Pero no había nada escrito. Durante la inmensa mayoría de esas generaciones los humanos habían vivido de otra manera. Nada aseguraba que esta vez fuera a ser diferente. Pensé que aquel grupo de humanos debía estar entre los más trascendentes de la historia.

Para quedarse

Para partir

Hubiese querido verlos trabajar por más tiempo, pero no parecía ser un lugar seguro. Regresé al sitio de los pasos, pero mi curiosidad no había cesado. Ese mismo día hice tres viajes más al pasado, esta vez para conocer cómo vivían las tribus nómadas. Algo que no esperaba fue descubrir que estas también construían refugios. Uno de ellos, que encontré recientemente abandonado, consistía en cúmulos de tierra formando un círculo, en los que habían hincado ramas flexibles para formar una cubierta. Los materiales eran pocos y ligeros. No había señales de un trabajo prolongado ni de que aquel refugio estuviera pensado para permanecer allí mucho tiempo. Al penetrar en él observé que su estado ya no le permitiría proteger de la lluvia, aunque era evidente que alguna vez lo había hecho. La segunda estructura, que sí encontré ocupada, era similar en forma y tamaño, solo que en lugar de ramas utilizaba huesos de animales y estaba cubierta por pieles de animales enormes. Me tocó ver el momento en que la abandonaban: desprendían las pieles, retiraban los huesos y se los llevaban consigo. La última, por un momento dudé que se tratara de un refugio: no era más que un apilamiento de piedras sueltas que cerraban una cueva semiabierta. Finalmente, con el temor de no poder regresar y sintiéndome bastante cansado, volví a mi presente.

En los siguientes días no dejé de pensar en aquellas estructuras. Eran muy diferentes entre sí: los refugios temporales, la primera cabaña sedentaria, la casa con patio. Sin embargo, había algo que las unía. Durante cientos de miles de años habíamos construido con lo que encontrábamos a nuestro alrededor: piedra, tierra, madera, fibras, pieles. Las construcciones habían cambiado, se habían hecho más grandes, más complejas y más sofisticadas, pero los materiales seguían siendo los mismos. Hasta que, apenas un paso antes de que yo iniciara mi viaje, aparecieron los materiales modernos.

Para partir

Otra manera de mirar

Lo que había pasado inadvertido

Antes de iniciar el recorrido, el guía nos mostró en el plano de orientación la ruta que seguiríamos. Recuerdo que al inicio del recorrido le presté muy poca atención a lo que nos dijo el guía. En su lugar me dediqué a observar aquellos elementos del edificio que parecían pasar inadvertidos para el resto del grupo. Atravesábamos el enorme vestíbulo que se fundía con los espacios que le seguían. Mientras caminaba con el grupo, entre muros altos y continuos, observé que no tocaban al techo. Eso reforzaba la sensación de seguir en el mismo espacio. La losa, que flotaba por encima de los muros, presumía el concreto con el que estaba hecha. Por detrás de los muros se asomaban unas robustas columnas que evidentemente eran las encargadas de sostener la losa. Formaban una cuadrícula que, al igual que la losa, hacían evidente el material del que estaban hechas. Era tal su robustez que reducían los muros a endebles mamparas. Sin embargo, el recorrido ignoraba las columnas, y seguía la aleatoriedad de los muros. Era como caminar a contrapelo de una regularidad formada por las columnas, la losa y las frías lámparas lineales que colgaban de esta. Caminar por ahí era como atravesar un vacío, en el que ocasionalmente aparecía el escaso mobiliario de apariencia ligera e industrial. El piso, pétreo, gris, y reluciente, casi aséptico, estaba en sintonía con aquella sensación de infinitud. Incluso la luz reforzaba esta sensación. Los rayos del sol, en cuanto traspasaban el juego geométrico de la fachada, se integraban con la luz artificial hasta hacer desaparecer cualquier rincón oscuro.

A lo largo del recorrido el guía nos fue revelando las innovaciones arquitectónicas del edificio. Para muchos resultaban tan abstractas que no eran comprendidas. En una explanada exterior, desde la que se podía apreciar la fachada y su sofisticado juego geométrico, finalizó el recorrido. Al abandonar el edificio me asaltó una duda: Sin la mediación constante de nuestro guía, ¿alguien habría visto la genialidad detrás de esos muros?

Lo que había pasado inadvertido

Un sabor conocido

Sumido en esa reflexión al caminar por la banqueta, un aroma a café que flotaba en el aire me ofreció una pausa para pensar en ello con calma. Provenía de un lugar pequeño con acabados en tonos oscuros y sillas en el exterior. Un par de parejas platicaban y disfrutaban de sus bebidas en tazas de porcelana.  Un discreto cartel colocado sobre la puerta anunciaba café de especialidad. Esta última palabra, especialidad, no significaba mucho para mí, pero despertó mi curiosidad. Entré, me acerqué a la barra y pedí la carta. Al revisarla quise encontrar las típicas opciones que suelen incluir americano, capuchino y espresso. Fue en vano, nada de eso aparecía ahí. Lo que en su lugar ofrecía eran opciones que conocía muy poco. Sin embargo, el atractivo diseño gráfico me animó a revisarla con cuidado. Cada alternativa presentaba un origen, un proceso, una variedad y unas notas. Entre las opciones encontré algunas que me remitían a países del continente africano. Otras a regiones del sureste mexicano o de las cordilleras colombianas. Algunos tenían nombres de variedades que nunca había escuchado. Cada una de las opciones parecía haber sido procesada de una manera acorde con sus cualidades.

La parte de la carta que mejor entendí, y que, a la vez, más me confundió, fue la sección llamada notas en taza. Me confundió porque no entendía qué describían. Bien podía tratarse de un sabor, un aroma, una textura o todo eso. Recuerdo con precisión una de ellas: explosión de frutos rojos, arándanos, mermelada de fresa y notas florales. Después de leerla pensé en todo menos en café. La otra que recuerdo muy bien decía: chocolate amargo fino, vainilla, notas herbales sutiles y un cuerpo sumamente sedoso. Esta me resultó más cercana a lo que yo entendía por café. Al fin y al cabo el chocolate también es una bebida oscura producto de una semilla de un fruto tropical. En un esfuerzo por tratar de entender qué era una nota traje a la mente las descripciones que se hace de los edificios en libros y museos. Pensé que eran solo eso: metáforas que, a falta de lenguaje suficiente, intentan describir sus características. Más tarde me enteraría de algo que me sorprendió: algunos de los compuestos aromáticos presentes en el café también se encuentran en frutas y flores como las que describían las notas.

Supongo que mi cara reflejaba el esfuerzo intelectual que hacía por entender la carta porque, sin haberle dicho nada, el barista se me acercó para señalarme un cartel colgado del muro. Unas letras escritas con pintura blanca decían: cata guiada de especialidad, viaje del grano a la taza. La cata era descrita como una experiencia que prometía sumergirnos en un recorrido diseñado tanto para curiosos como para apasionados. Un grupo esperaba a que comenzara. La oportunidad resultó demasiado buena como para dejarla pasar. Además, al prometer una experiencia, y no una explicación, la propuesta coincidía con lo que venía pensando antes de entrar al lugar. Así que dejé de lado mi plan inicial de solo tomarme un espresso.

La cata inició con lo que llamaban despertar olfativo. Nos dieron un sorbo corto de agua mineral y una infusión fría de cáscara de café. Después pasaron por la mesa pequeños frascos con vainilla, cacao, frutos rojos deshidratados, bolsitas de té de jazmín y otros más. Fue un ejercicio delicioso, aunque a esas alturas ya ansiábamos probar café. No tuvimos que esperar porque en ese momento nos llevaron a la mesa tazas servidas con tres cafés distintos, cada uno con una forma diferente de procesar el grano. Al probar la primera pregunté si tenía azúcar. Me explicaron que el café podía tener esa sensación de dulzor de manera natural. La segunda nos desconcertó a los que lo tomábamos por primera vez. Al probarlo me hizo pensar en un té de aquellos frutos rojos que nos habían dado a oler anteriormente. Sin esa experiencia olfativa tal vez no hubiera sabido cómo describirlo. Con el tercero llegó una sensación de alivio. Era el más cercano a lo que comúnmente identificamos con un café, sin llegar a sentirse amargo.

La cata continuó con una actividad en la cual nos pidieron probar, con los ojos cerrados, dos nuevas variedades. Antes de cerrarlos me sorprendió lo claro que era el café en ambas tazas. La primera me recordó a la bolsita de té de jazmín y la segunda a algo entre mandarina y durazno. En la última actividad conocimos varios métodos de extracción, algunos de los cuales no conocía. A esto le siguió una plática muy amena en la que pudimos compartir nuestra experiencia. No me sorprendió que el preferido de la mayoría fuera aquel que me había resultado familiar. De él destacamos su suavidad, su inconfundible sabor a café y la ausencia de ese amargor quemado tan común en el café con el que estamos más familiarizados. También hubo comentarios positivos para aquel que tenía un dulzor natural. Todos aquellos que identifiqué con notas frutales o florales fueron los más difíciles de apreciar. Sobre ellos tuvimos que escuchar al barista explicar qué los hacía especiales, aunque eso no consiguió convertirlos en nuestros favoritos. Alguien comentó que si estuviéramos más familiarizados con dichas notas seguramente los hubiéramos apreciado mejor. A todos nos agradó que nos dijeran que varias de las cualidades que habíamos descrito son muy similares a las que notan los catadores profesionales.

Al salir del café me quedé pensando en aquel comentario sobre la familiaridad. Habíamos probado cafés que desconocíamos por completo, pero algunos nos habían resultado mucho más fáciles de entender que otros. No necesariamente porque fueran mejores, sino porque encontrábamos en ellos algo que ya conocíamos. Entonces pensé nuevamente en el edificio. ¿Qué habría pasado si allí también hubiéramos encontrado algo familiar?

Un sabor conocido

Sin que nadie lo explicara

Antes de entrar el guía nos pidió despertar nuestros sentidos y disfrutar del recorrido. El vestíbulo era un espacio enorme donde la vegetación y la luz se fundían. Del piso brotaban árboles que llenaban el espacio de un juego asombroso de ramas serpenteantes y hojas verdes. No estaban solos. De macetas y jardineras emergía una vegetación profusa. Se sentía como atravesar una selva, pero controlada. Sobre nuestras cabezas, las vigas de madera desaparecían parcialmente entre una cubierta porosa que dejaba pasar la luz. Los muros parecían irrumpir en nuestro camino guiando nuestro recorrido; pero eran discretos, siempre más bajos y detrás de los árboles. Aunque eran blancos, adquirían gran riqueza táctil gracias a las sombras vegetales que recibían. Su presencia equilibraba la riqueza material del piso de madera, cuya textura era tan rica que más de uno terminó buscando dónde sentarse. En ciertos sitios, bloques pétreos irregulares interrumpían el piso. Los habían trabajado de tal manera que parecían traídos directamente de la cantera. A lo largo de nuestro recorrido nos encontrábamos, como escondidas entre los muros, vigorosas columnas de madera que se alzaban hasta el techo. Más de uno estiró el brazo para tocarlas. Una mujer incluso rodeó con ambas manos una de ellas antes de continuar. También aparecían lugares para estar, escalinatas que invitaban a sentarse como en un pequeño anfiteatro, sillas de madera curvilínea y rincones que parecían pedir una pausa para la lectura. Una pareja mayor terminó sentándose en uno de ellos mientras el resto continuaba el recorrido. Aberturas inesperadas generaban contrastes lumínicos. Algunas áreas recibían una luz más intensa; en otras, la penumbra prevalecía. Recuerdo que algunos se detenían allí donde la luz caía con mayor intensidad, como si buscaran deliberadamente ese lugar. En uno de estos rincones nos sorprendió el sonido con el que una discreta fuente llenaba el lugar. El grupo se detuvo sin que nadie lo pidiera.

El recorrido se interrumpía por las preguntas que le hacían al guía. Pero no solo por eso. También nos deteníamos para mirar la luz, tocar los materiales o escuchar los sonidos. Cada rincón parecía ser un buen lugar para llevarse una foto a casa. El guía continuaba caminando unos pasos adelante y esperaba a que el grupo volviera a reunirse. Distraídos por todo lo que pasaba a nuestro alrededor, pocos podían decir cuántos espacios habíamos atravesado hasta ese momento. No parecían necesitar que alguien se los explicara, ni tener prisa por terminar el recorrido.

Sin que nadie lo explicara

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Edgar E Benitez
Edgar E Benitez

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