Los cimientos de la arquitectura tradicional en México.

Hasta antes del siglo XX, buena parte de la construcción en México se resolvía con sistemas que hoy englobamos como arquitectura tradicional. Un ejemplo común consistía en muros gruesos de adobe o mampostería —como bloques de piedra o ladrillo unidos con mezcla— que resistían principalmente el peso y el aplastamiento. Sobre ellos se apoyaban vigas de madera que sostenían tablazones o ladrillos, rematados por capas de terrado —tierra, cal y arena— para cerrar el sistema. Eran sistemas masivos, de baja altura, con lógicas constructivas transmitidas por oficio y adaptadas a climas y materiales locales.


El concreto como proyecto de nación.

Sin embargo, el equilibrio de estos sistemas masivos se rompió con la llegada de la modernidad. El siglo XX trajo consigo no sólo nuevos materiales, sino una nueva narrativa. La industrialización, la estandarización y la producción en serie se convirtieron en sinónimo de modernidad. En el México posrevolucionario surgió un nuevo paradigma constructivo. Este fue el resultado de políticas públicas, la urbanización acelerada, la industria cementera y la profesionalización de la ingeniería estructural.



El concreto armado no fue únicamente un material, sino la expresión física de un proyecto de nación que identificaba industrialización con progreso. Esto es visible en grandes obras como Tlatelolco o los campus universitarios de mediados de siglo. En ese contexto, se consolidó también una asociación cultural inversa: adobe y madera comenzaron a vincularse con ruralidad, precariedad o atraso. No necesariamente por sus capacidades técnicas, sino por el lugar que ocupaban dentro del imaginario de modernización.


El mito de la seguridad.
A este estigma cultural se sumó un argumento técnico que parecía indiscutible. La ingeniería sísmica introdujo conceptos como la continuidad estructural y el diafragma rígido: una capacidad de la losa de concreto para actuar como una placa rígida. La teoría estructural nos dice que esto permite que el techo “amarre” los muros, obligando a la estructura a moverse como una sola pieza y mejorando la respuesta ante sismos.


En contraste, muchos sistemas tradicionales carecían de este confinamiento o de conexiones eficaces entre sus elementos. Esta falta de amarre integral los hacía vulnerables ante ejecuciones deficientes. Los fallos ocurrían, por ejemplo, cuando las vigas de madera se apoyaban sin anclajes o cuando los muros carecían de cimientos que los protegieran de la humedad.

Sin embargo, esa lectura técnica se simplificó culturalmente. La distinción entre un sistema bien diseñado y uno mal ejecutado se diluyó en una afirmación más contundente: el concreto es más seguro. Se asumió que los sistemas compuestos por piezas pequeñas —adobes, vigas, ladrillos— eran intrínsecamente más frágiles por no ser monolíticos.

La experiencia sísmica posterior mostró un panorama más complejo. Cuando un sistema monolítico falla por mala concepción, detallado insuficiente o irregularidades geométricas, el colapso puede ser súbito y generalizado. Pero también quedó claro que ningún material es seguro por sí mismo. Tanto los sistemas tradicionales como los industrializados funcionan adecuadamente si están bien diseñados, dimensionados y construidos para su escala apropiada.


La pérdida del oficio y el mercado.
Más allá de los sismos, el cambio definitivo se dio en las estructuras de poder. La hegemonía del concreto no sólo fue cultural, sino económica y normativa. Al consolidarse como tecnología dominante, el concreto generó economías de escala —donde el costo de cada bulto baja al producirse por millones— y cadenas de suministros robustos. Esto trajo consigo marcos regulatorios específicos, formación profesional alineada y financiamiento favorable.


En paralelo, los sistemas basados en madera estructural o tierra fueron perdiendo presencia en la educación técnica, en la investigación y en la normalización. Junto con los materiales, se desvaneció el “saber hacer”. Este oficio artesanal que entendía los tiempos de la naturaleza y que fue sustituido por una formación centrada en instalar productos industriales estandarizados.


El resultado fue una inercia histórica: al disminuir su uso, disminuyó la inversión en su desarrollo; al disminuir el desarrollo, aumentaron sus costos relativos; al aumentar los costos, se redujo aún más su aplicación. Así, más que un abandono puramente técnico, se produjo un desbalance sistémico. El concreto se convirtió en la opción por defecto en muchos contextos. Esto ocurrió incluso en regiones donde los materiales tradicionales ofrecían claras ventajas climáticas o logísticas. Por ejemplo, en las zonas áridas del norte o las costas calurosas, donde el concreto trasmite el calor excesivo, mientras que el adobe o la madera permitirían interiores mucho más frescos de forma natural.




Hacia una pluralidad tecnológica: la arquitectura bioclimática regional.
Tras décadas de homogeneidad, el paradigma está cambiando. Hoy el panorama se reevalúa. Sabemos que los sistemas de tierra y madera ofrecen ventajas ambientales significativas, especialmente en términos de energía incorporada —el total de combustible y recursos gastados desde la extracción hasta la obra— y huella de carbono. Sabemos también que los sistemas ligeros o de alta capacidad para conservar la temperatura bien diseñados pueden mejorar el desempeño ambiental y el confort. Y sabemos que la homogeneización material ha empobrecido la diversidad constructiva y la expresión territorial. Se han borrado las diferencias entre una casa en los Altos de Chiapas, la costa de Veracruz o el desierto de Sonora, al quedar todas reducidas a cajas de cemento.


Esto implica reconocer que la diversidad tecnológica se redujo. Fue el resultado de combinar discursos culturales, decisiones políticas y dinámicas económicas que favorecieron una sola trayectoria industrial.
Tal vez el desafío no sea sustituir un sistema por otro, sino recuperar la pluralidad. Esto requiere reactivar el conocimiento técnico, actualizar normativas y fortalecer las cadenas productivas para restablecer una competencia real entre sistemas. No por nostalgia, sino por racionalidad ambiental, económica y territorial. En última instancia, recuperar estos sistemas fortalece la soberanía constructiva. Le devuelve a las personas la autonomía para gestionar su hábitat con recursos locales, reduciendo la dependencia de insumos externos y sus fluctuaciones de mercado.



Más que ‘volver atrás’, el objetivo es permitir que las tecnologías desplazadas retomen su propio proceso de desarrollo. Deben encontrar su lugar donde ofrecen ventajas claras, como en la vivienda o en contextos regionales específicos. Así consolidamos un ecosistema constructivo más diverso y resiliente. Uno donde el uso de bloques de tierra compactada (BTC) o estructuras modernas de madera laminada convivan con el concreto allí donde cada uno sea más eficiente.

